No bajé la vista;
encontré al ceramista,
amasando su textura,
dando forma a tu finura.
Desde el más allá escuché tu voz,
dulzura apropiada: emancipación
denegada, ojos verdosos, mar
de hinojos.
Me perdí en las ruinas del desierto,
me tragó el tiempo en un soplo
del silencio.
Quiero sonreir con tu mirada;
dejar los desvelos en la almohada.
No perder la paciencia en un enojo
sin cordura; abrir tus ojos cuanta
dulzura.
Sin tu mirada no vivo, no sueño,
no despierto; sin tu mirada no
revivo el emblema cariñoso dibujado
en tu silueta.
El ceramista terminó su hermosura;
tu mirada eterna, diamante sin fronteras;
has traído el hechizo del mar acaramelado.

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